Si toda esta mierda cobrara forma de novela, podría interpretarse como una historia cruzada de dos chicas jóvenes que viven la pandemia de distinta manera. Ambas habían logrado una vida idílica de cara a la sociedad. Trabajos bien pagados, relaciones estables, pisos alquilados con una decoración perfecta.

Entonces llega el Covid-19 y arrasa con todo. Carolina, (por llamarla de alguna manera), pasa unos días bastante malos, pierde su trabajo, y más importante, a su tía y a su abuela. Tiene que dejar su piso. Las cosas con su chico no funcionan. Ya no tiene dinero para casi nada. Amigas con distintas enfermedades. Problemas. Y entonces, de repente, se reinventa. Decide aprovechar esta época tan mala para leer todos los libros que tenía en esa lista del iPhone casi olvidada. Escucha música mientras lee historias de guerras, de hambrunas, de miles de culturas y religiones diferentes. Aprende. Aprende tantas cosas que su cerebro no deja de dar vueltas y solo tiene ganas de reinventarse. De salir adelante. 

Valentina, sin embargo, y por ponerle nombre a la siguiente protagonista, ha tenido mucha suerte. No ha perdido su trabajo, es más, la han ascendido. Su familia tiene salud y su novio la quiere. Ahorros, piensa en comprar una casa. Pero, aunque quiere moverse, no puede. Lleva días en los que le cuesta demasiado esfuerzo levantarse. Tiene cansancio, de ese que no se quita durmiendo. Sus días son grises. Llueve dentro y fuera de su ventana. Son amigas y Carol no entiende cómo Valen sigue quejándose cada día a pesar de que “lo tiene todo”.

“¿Pero a dónde quieres llegar?” me pregunta el editor. “Quiero explicar en las redes que la situación de Valentina es mucho más peligrosa que la de Carol. Y que es lo que le esta pasando a la mitad de la población española. No les esta afectando el covid de manera directa. Lo que les esta pasando es que les esta invadiendo la tristeza. En mi opinión, mucho más arrebatadora que el virus. Porque ella ataca en silencio y en masas. No seleccionada a sus presas. Nos aborda a todos a la vez. Lo llena todo.”

A la tristeza no la oímos en las noticias, ni la vemos en los hospitales. Pero esta en todas partes. En los parques vacíos, en las calles, en los colegios de patios desolados, en las tiendas cerradas, en la falta de las risas de los niños. Las ojeras de todos aquellos que llevan siete meses viviendo con miedo. Abuelos que llevan semanas sin ver a sus nietos. Ancianas que estuvieron confinadas solas. ¿Quién se va a acostumbrar a esta mierda de normalidad?

Y aquí se abre la reflexión de lo que sería esta novela si tuviera ganas de escribirla algún día. Es tiempo de inventarse, de renovarse, de sacar un nuevo proyecto adelante como haría Carolina en la trama. Un proyecto, el que sea. Las posibilidades son infinitas. Una agencia. Un libro de cocina. Ahora, más que nunca, hay que explorar. Utilizar todo el tiempo que tenemos para pensar en las cosas que podríamos hacer. Nunca nos han puesto tan a huevo el reinventarnos. Y solamente los que lo hagan saldrán sanos y salvos de todo esto. Einstein decía que, en los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento. 

Y si os falla la imaginación, yo os recomiendo mucho leer. Las novelas son otra forma de viajar a países y destinos a los que no vamos a poder ir en un tiempo. Hay que nutrirse de historias para no caer en depresión. Escuchar música, bailar, hacer ridículos tik toks. Why not? 

Perder la ilusión, las ganas de vivir y el sentido del humor es mucho más peligroso que todo lo que nos cuentan en las noticias. 

Llevamos siete meses de pandemia. Y probablemente nos queden muchos más. No podemos acostumbrarnos a estos días grises de lluvia. Es mucho más grave la tristeza muda, que el ruido de la pandemia.  Y como dijo ayer Pablo Motos en el hormiguero. El agotamiento no nos puede poner en pausa. La vida tiene que seguir. Si nos paralizamos ahora todos, nos estaremos enterrando en vida. La felicidad es moverse. Es progresar en la medida de lo posible. La tristeza es quedarse quieto a esperar. Es escuchar las noticias tristes y dejar que retumben cada día en tu cabeza. De esa manera, la pena te secuestra. Así que no dejes que te arrastre. Ahora más que nunca. Hay que rodearse de gente divertida. Hay que reírse, meditar y bailar. 

Odio parecer un libro de auto ayuda. Pero creo que conviene recordar que el dueño de tu cabeza eres tú. Que solamente tú decides lo que entra. Y que la única medicina que podemos darle a todo el mundo porque esta comprobado que funciona es la música, los libros, el mar y el humor. Hay que intentar limpiar el cerebro y recuperar el deseo de vivir alegre. 

Yo os aseguro que llevo mucho tiempo haciéndolo y los resultados son maravillosos. 

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