Ana Hernández Sarriá en Manhattan
Manhattan

Mi historia comienza cuando empecé a escribir relatos un miércoles cualquiera de Enero en la ciudad de mis sueños: Nueva York.

Hacía un frío indescriptible fuera, pero yo sentía que era verano dentro. Me pasaba muchas veces allí. En aquel entonces, llevaba cuatro meses viviendo en Manhattan.

Desde que abrí el ordenador ese día, ya nunca pude parar. Escribía todo el tiempo. En las cafeterías de Brooklyn, en los rooftops, en la biblioteca pública de Bryant Park, en el metro, en los parques, en la oficina, entre rascacielos, con mi café gigantesco y sentada en un árbol de Central Park. 

Parece un poco utópico todo esto, pero escribir, me salvó. Me enseñó prácticamente casi todo lo que sé. Fue mi mejor terapia. Fue la manera de reinventarme, de volver a ser yo. Sin limitarme a existir. Fue el método de poder hablarle al mundo de mis fantasías, de mis miedos, pero sobre todo, de esa imaginación tan poderosa que desde niña había rechazado. 

Ana Hernández Sarriá pequeña contando historias
Anita, esas hadas que ves y esos trolls que te atacan, son mentira. No se debe mentir a los mayores. Mentir, está mal.

Este año he cumplido mis primeras tres decenas en el mundo. Y con mi crisis de los treinta, sumada a una inestabilidad de trabajo total, parece que por fin he comprendido, que este tormento que me había tenido presa durante años, no ha sido algo malo. Al revés, ha sido una bendición. He aprendido que mi imaginación es todo lo que tengo, es lo que me lleva y me trae. Lo que me reinventa. Lo que me mueve a hacer realidad cualquier tipo de proyecto.   

Si alguien me hubiera dicho que iba a ser como una visión preliminar de lo que sucedería en mi vida, me habría esforzado mucho antes, en soñar con volar más lejos. Hubiera fantaseado antes con Nueva York. Lo hubiera soñado con más fuerza. Porque esa fuerza, fue la energía que me llevó hasta esa ciudad de rascacielos sin tener nada. Esa fuerza que solo me daba mi mente, se transformaba en una energía de un ímpetu brutal que me respaldaba. 

Y cuando estaba a punto de rendirme, cuando ya no tenía nada. Cuando estaba en Manhattan más sola que la una, trabajando para una mujer rica y despiadada, cerraba los ojos bien fuerte. Y empezaba a imaginar. Poco a poco, conseguía verme en una empresa de moda. Caminando por el Fashion District de Nueva York. Comprándome todas las cosas caras que siempre había soñado. Haciendo todos los viajes que esa vida imaginada me permitiría. Y así, aunque fuera una época gris, o un día de frío, a menos dieciocho grados bajo cero, cuando por fin me concentraba, volvía a salir el sol por un momento. Notaba el calorcito en el cuerpo. Volvía a ser primavera en mi interior. Era mi imaginación la que me rescataba. La que me hacía que todo pareciera en paz de nuevo. 

ana hernandez sarria leyendo

Einstein decía que el conocimiento tiene límites, pero la imaginación es infinita. Y que en los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que la inteligencia. 

Y qué razón tenía Einstein. Es ella quien me ha llevado a todas partes. Al poco tiempo de trabajar para esa señora insoportable, estuve sentada en el Front Row del primer desfile de alta costura de Givenchy, en Nueva York. Y ganaba más dinero que todas mis amigas en Madrid. Y viajaba a Miami como quien va a Salamanca. Y a Bahamas como quien cruza a Albacete. Y viví en Costa Rica. Y escribí sobre sentimientos en un país de críticas sin censura. Y era yo misma. Y no tenía miedo. Al revés. Estaba dispuesta a todo. 

Porque cada vez que entraba en crisis, la imaginación me hacía soñar de nuevo, con otro lugar o con otra etapa. Me hacía soñar con que publicaría una novela. Y aunque nadie me creía al principio. Yo soñaba con que un día me leería la gente. Con que llegaría algún día a emocionar a alguien con mis letras. Con que mis padres me podrían encontrar en todas las librerías de España. Incluso algún día en las de Nueva York. 

Ana Hernández Sarriá en Nueva York
Nueva York

Mis novelas, mis relatos e incluso este texto son un reflejo de un don que tengo y que toda mi vida había menospreciado.

Son las hadas y los trolls que veía cuando era pequeña. Son mis monstruos de Nueva York. Mi capacidad de reinventarme. De no tener miedo. De conseguir estar a salvo siempre.

Si vas a leerme, no importa en el formato que sea, has de saber que todo lo que escribo es un reflejo de ese no rendirme nunca. Es la capacidad de superación. Y espero que cada historia, cada nuevo personaje, tenga un poquito de esa visión preliminar de lo que sucederá próximamente en mi vida. Porque en mis páginas las cosas siempre salen como yo quiero. Y si tienes un poquito de sensibilidad, te parecerán historias maravillosas.   

¡Bienvenidos a mi cabeza!

Ana

Si quieres ver más, puedes cotillear mi instagram. (Todos lo hacemos.)

Si quieres saber más sobre mí, puedes ver la última entrevista que me hicieron en ES Fascinante

Ana Hernández Sarriá en el Salon des fleurs
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